Moll Flanders 
Adaptación libre de la novela homónima de Daniel Defoe. Relata la historia de una mujer inglesa del siglo XVIII, de baja extracción social, cuyo trágico destino le llevó a convertirse a su pesar en ladrona, prostituta y asesina.
Magníficamente ambientada, bien interpretada y rodada con convicción, aunque con cierto academicismo, la película naufraga por su artificioso tono melodramático, marcado por una desagradable sordidez, que propicia varios pasajes sexuales explícitos y una crítica grosera y superficial a la Iglesia católica. J.J.M.
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Martín (Hache) 
Martín hijo, conocido por todos como Hache —por la letra muda entre paréntesis que le distingue de su padre—, ha estado a punto de morir en Buenos Aires por una sobredosis de droga. ¿Accidente?, ¿intento de suicidio?; sólo él lo sabe... Su madre, divorciada y casada de nuevo, le ha perdido. Martín, su padre, director de cine afincado en España, tampoco conecta con el joven; pero acepta acogerle una temporada. Hache conoce a Alicia, amante enamorada de su padre, pese al humor tornadizo y la parquedad de palabras de él, cuando de expresar los sentimientos se trata. Y retoma el contacto con Dante, gran actor, bisexual y de vida licenciosa.
Midnight Dancers 
Dura crónica social de los bajos fondos de Manila, una de las mecas del turismo sexual. El guión relata la historia de tres hermanos de baja condición social que, para sobrevivir, se prostituyen en un bar gay, ante la mirada comprensiva de su pobre madre.
Aunque está correctamente realizada y las interpretaciones son buenas, la película resulta absolutamente insoportable por la sordidez y el tramposo y superficial permisivismo con que trata el drama que describe. Además, Mel Chionglo abusa descaradamente del exhibicionismo sexual, lo que ha provocado la prohibición de la película en Filipinas. J.J.M.
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Mallrats 
Se esperaba otra cosa del director de Clerks, aquel aclamado debut cinematográfico que, en tono de comedia, cuenta la historia de dos dependientes de una tienducha de barrio durante dos días. Todo lo que ahí era un entrar y salir de personajes vivos, veraces, deslenguados e inquietos, se queda en Mallrats en una repetición de la fórmula más tópica y con poca verdad y menos vida. Los diálogos se extreman y retuercen para provocar la risa, que sólo se alcanza en contadas ocasiones, y casi siempre en la línea de lo grosero, cuando no con procacidades a la vista.
Mujeres insumisas 
Cuatro amas de casa, cansadas de su vida familiar —trabajo rutinario, machismo de sus maridos...—, buscan la liberación fugándose. Las andanzas de su recuperada libertad están presididas por excesos sexuales y lecciones a los hombres, pasados por un baño de superficial feminismo: ésta es la esencia de una película poco imaginativa, que no entra en absoluto al fondo de las cuestiones que propone. Con lo que los esfuerzos de puesta de escena de Alberto Isaac, o de alertar sobre posibles situaciones injustas, quedan ocultos tras la torpe caricatura. J.M.A.
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