Tren de sombras 
«El cine es como un alfabeto; se pueden escribir novelas, ensayos, poemas... Ahora parece que se quieren ignorar las muchas posibilidades de ese lenguaje, para ofrecer una única cosa». Es fundamental aceptar esta declaración de principios del personalísimo e intrasferible cineasta catalán José Luis Guerin para apreciar su última apuesta fílmica, Tren de sombras, su tercer largometraje, tras Los motivos de Berta e Innisfree. Pues Tren de sombras no es para nada una película narrativa al uso, sino más bien un ensayo fílmico sobre la propia esencia del cine, al hilo de un poema audiovisual sobre «la fugacidad del tiempo o los efectos de lo efímero».
En efecto, la excusa narrativa de la que parte Guerin es mínima: la meticulosa reconstrucción de las supuestas películas familiares que, a finales de los años 20, rodó el abogado parisino Mr. Gérard Fleury (1877-1930) en su casa a orillas del lago de Le Thuit. Allí, al borde de ese mismo lago bretón, murió Fleury mientras buscaba la luz adecuada para completar una de esas filmaciones. Tras esa reconstrucción —magistral desde el punto de vista técnico, pues en todo momento parece que estamos viendo auténticas imágenes de los años 20—, Guerin propone un sereno acercamiento actual a los parajes en que vivió y rodó Fleury —quizá la parte menos depurada y más pesada de la película—, para enfrentar finalmente al espectador con una sutil indagación, casi detectivesca, de aquellas deterioradas imágenes. Esta nueva revisión permite atisbar la segunda realidad de las imágenes, esas pequeñas y grandes intrigas que esconden metafóricamente su espacio, su luz, su movimiento, su aprehensión del tiempo..., hasta desvelar poderosas y dramáticas sombras, casi expresionistas, agazapadas tras su apariencia naïf.
La idea de partida de «esta intriga de las imágenes o intriga entre las imágenes» —que lleva como subtítulo El espectro de Le Thuit—, le surgió a Guerin tras una conversación con Víctor Erice sobre un artículo que escribió Máximo Gorki en 1896, después de ver en Moscú la película de los hermanos Lumière La llegada de un tren a la estación. «La noche pasada estuve en el reino de las sombras —decía el escritor ruso—. (...) No es la vida, sino su sombra. No es el movimiento, sino su espectro silencioso... Pero también éste es un tren de sombras». Esa fascinación del director catalán por la propia naturaleza del ya centenario séptimo arte, por su carácter de «fantasmagoría de luces y sombras», de «plasmador de espectros» que esculpe (Tarkovski), embalsama (Bazin) y congela en el tiempo instantes reales, le lleva a una puesta en escena desnuda, muda de diálogos y sistemáticamente vaciada de los recursos habituales del cine convencional. Aquí sólo cuentan las imágenes en sí, su luz, su campo y su fuera de campo, su color —a veces, en blanco y negro, a veces, en color—, su textura, su sonido ambiente, su movimiento interno, su relación con otras imágenes...
Lógicamente, esta opción radical exige del espectador una mirada especial, pues Guerin parte también del coprotagonismo cinematográfico del espectador, de la condición «correalizadora» de su mirada. Una mirada a la que, además, exige la pureza e inocencia de «la primera pulsión, de la ensoñación originaria de la que surgió la imagen cinematográfica». Desde luego, cuesta mucho entrar a este planteamiento; pero, cuando se hace, uno recibe —como recibía en la magnífica y mucho más asequible Innisfree— la inapreciable recompensa del descubrimiento, de la sorpresa, del ramalazo de luz entre las sombras, del impactante jirón de vida que oculta hasta la más apolillada bobina de ese aparentemente insustancial e inocuo «cine estival en el jardín» que inventaron los hermanos Lumière. Vamos, que uno puede asistir de nuevo al potente destello de humanidad del decrépito Bela Lugosi arrancando una rosa a la puerta de su casa, que justificó la infame carrera de ese cineasta, ahora de culto, que fue Ed Wood.
Quizá a muchos todo esto les sepa a poco, y se saturen e irriten con la árida, reiterativa y caótica sucesión de estampas impresionistas de paisajes y actores no profesionales, sólo aliviada con la sugerente banda sonora y con la inquietante atmósfera gótica que las envuelve. De hecho, ante el cine de José Luis Guerin no hay término medio: o se adora o se aborrece. En cualquier caso, considero su apasionada reivindicación de la contemplación inteligente y sentida como una de las más dignas y hasta necesarias utopías frente a la acelerada y epidérmica sociedad actual. J.J.M.
Director: José Luis Guerin. Intérpretes: Juliette Gaultier (Hortense Fleury), Ivon Orvain (Tío Etienne), Anne Céline Auché (Doncella), Céline Laurent, Simone Mercier, Carlos Romagosa, Laetitia, Jessica y Cedric Andrieu. País: España. Año: 1997. Producción: Héctor Faver y Pere Portabella, para Grup Cinema Art y Films 59. Argumento: Inspirado en las filmaciones de Mr. Gerard Fleury. Guión: José Luis Guerin. Música: Albert Bover. Fotografía: Tomás Pladevall. Dirección artística: Rosa Ros e Isabel Caellas. Montaje: Manuel Almiñana. Estreno en Madrid: 23-I-98. Distribuidora cine: Wanda Films. Duración: 80 minutos. Género: Investigación poético-fílmica. Principales premios: Premios Meliès de Plata y de la Crítica en el Festival Internacional de Cine de Cataluña 1997. Presentada en la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes 1997. Premio a la mejor película en el Festival de Alcalá de Henares 1997 y en el Festival de Orense 1997. Público apropiado: Jóvenes. Contenidos específicos: —.








